Se dirige hacia las cajas, esforzándose por esquivar otros carros y al mismo tiempo evitar que parte de la compra caiga al suelo. Decide quedarse en la cola más cercana al pasillo donde está ahora. Los clientes que tiene delante llevan el carro lleno, claro, es viernes. Tendrá que esperar. ¿Qué hora es? Las siete y media, ¡qué tarde! Menos mal que su suegra se ha quedado con el niño.
Se gira y ve que el hombre detrás de ella lleva solo una cesta con tres artículos. Se pregunta si debe dejarle pasar. Si no llevara tanta prisa, pero hoy es muy tarde, está agotada y no ve el momento de llegar a casa. El hombre la observa pero no dice nada.
–Hola, Montse –saluda a la cajera cuando le llega el turno–. ¿Queda algún reparto a domicilio?
–Hola, Ana. Pues, a ver, quedan dos para mañana, de once a una.
–Perfecto. Esto sí que me lo llevo ahora –dice Ana poniendo varios artículos en la cinta–. Dame dos bolsas.
–Aquí tienes. El reparto ¿a dónde va? ¿a Urbanización La Ladera, cuarenta y ocho, o a calle Lauría, número diez?
–A La Ladera, mañana no voy a lo de mi madre.
–Por cierto, ¿has visto la oferta de cuchillos que tenemos esta semana? En el stand de tu izquierda.
–Sí, la he visto, pero no necesito ninguno ahora. ¿Volveréis a traer las medias térmicas?
–Pues tienen que estar al venir. Ya hace frío ¿verdad? Los cuchillos de cocina son una buena oferta, yo me he quedado con uno.
–La verdad es que no son caros, no –responde Ana, mientras examina el muestrario. Se gira y ve que los otros clientes la están mirando, algunos resoplan. Pues que esperen, es su turno.
–Perdone ¿ha terminado? –pregunta el hombre que está justo detrás de ella.
–¿Usted ve que haya pagado? Pues entonces es que no he terminado aún. ¿Algún problema? –responde Ana sin pensar.
El hombre se queda mirándola. Ana lo examina. Podría tener una cara común si no fuera por el ojo de cristal, que la observa. Su dedo índice, corto y peludo, no para de dar golpecitos sobre sus labios finos. La mirada vidriosa no desaparece y ella se ruboriza.
–Está bien, me llevo uno, ¡ufff! Hay que ver qué impaciente somos –dice, asegurándose de ser oída.
Ana conduce ahora por la autovía, de camino a casa. Piensa en el día que lleva, en lo cansada que está. Menos mal que Juan va a recoger al niño. Ojalá no lleguen muy tarde, hay que bañar al peque y preparar la cena. Pone la calefacción y enciende los antiniebla –vaya invierno están teniendo. De repente comienza a pensar en el hombre del supermercado, solo llevaba tres artículos. Y ella, entretenida con los cuchillos. Tiene que tener más cuidado con eso, con comprar sin necesitar. ¿Otro? dirá Juan. Y ella le responderá que otro cuchillo nunca está de más. Tras unos minutos conduciendo, acelera un poco y quita los antiniebla. Mira el cielo, va a llover, no le gusta conducir cuando llueve, esta zona se inunda con facilidad, así que vuelve a acelerar. De nuevo se encuentra a sí misma pensando en la mirada cristalina y siente que ha metido la pata, como cuando le echó la bronca a su suegra por darle al niño una gominola. “Pues no me lo traigas más”, le dijo la mujer, dolida. Tuvo que rebajarse y pedirle disculpas. ¡Qué haría ella sin su ayuda! Sí, ha metido la pata, debió haberlo dejado pasar. Bueno, tampoco es tan grave.
Enseguida coge el desvío hacia su urbanización. La pata, ha metido la pata, porque no lo dejó pasar. Pero ¿puede llamarse a eso meter la pata? Tan poca cosa, ¿o hay algo más? Se está obsesionando. Debe ser por el programa de radio de la mañana, sobre lo que capta el subconsciente y que escapa a nuestros ojos, y sobre las asociaciones que hace el cerebro. Intenta dejar de pensar en ello pero no puede. “¡Qué tonta eres!”, se dice, “además, no es probable que vuelvas a encontrarte con él. De hecho, es la primera vez que lo ves”. Detiene el coche en un paso de cebra. Mientras cruzan los peatones, observa un cartel publicitario, es el supermercado donde ella suele hacer la compra. Hay una chica muy guapa vestida con una falda negra hasta la rodilla, y una camisa beige y rayas naranjas, como Montse, la cajera que la ha atendido hoy. Montse y los cuchillos, la oferta. Mañana sábado no irá a lo de su madre. ¿Por qué se acuerda ahora de su madre? Estaba pensando en Montse. Montse y su madre, y el supermercado.
Un coche detrás le pita, animándola a continuar. Ana abre la ventanilla y saca el dedo corazón. No soporta que le piten, ¡si acaba de pasar el último peatón, qué impaciente! Reanuda la marcha. Y vuelve la boca perfecta de Montse, sonriéndole, preguntándole ¿La Ladera o calle Lauría? Su madre vive en la calle Lauría. Ya ve su casa, comienza a frenar. Aparca el coche en la puerta. Hay luz encendida en el salón y arriba, en el baño. Juan debe de estar bañando al niño. Su madre y la calle Lauría, mañana no voy a lo de mi madre. Baja del coche y saca las bolsas. Cuando va a abrir la verja, siente una mano en el hombro. Se vuelve y se encuentra frente a un ojo de cristal.
–No me dejó contestar, sí que tengo un problema. No soporto los malos modales.
Ana se le queda mirando. Y en su cabeza Montse ahora pregunta: ¿Urbanización La Ladera cuarenta y ocho o calle Lauría, diez? La Ladera, mañana no voy a lo de mi madre. Y el hombre detrás, escuchándolas a ambas, y su mirada transparente, y los golpecitos sobre sus labios. Y el grito de ella cuando ve el cuchillo de cocina, él también ha aprovechado la oferta.

| AUTOR | Varios |
|---|---|
| FECHA | Mayo 2019 |
| GÉNERO LITERARIO | Relatos cortos |
| ISBN | 978-1097702916 |
| PAGINAS | 620 |
<<Modales>> es un relato corto incluido en la antología Magia sanadora, decimosexto libro de los alumnos de Escritura Creativa de Escuela de Escritores. En esta edición participaron 270 alumnos de España, México, Suiza, Colombia, Argentina, Uruguay, Alemania o Perú que trabajaron estos textos (300 relatos y poemas) a lo largo del curso 18-19.
