La madre sonríe delante del monitor y su ojo derecho se humedece. Gabriela no sabe qué ocurrirá en el izquierdo, porque lo lleva cubierto con un parche negro, de esos que solían usar los piratas. El padre –que también sonríe sosteniendo la mano de su esposa–, le confió una vez que su mujer perdió el ojo en un accidente de coche y desde entonces lleva uno artificial, parecido a una piedra preciosa que oculta porque está en bruto.
Todo va bien, dice la ginecóloga, sin dejar de mover el transductor sobre el vientre abultado de seis meses. Lo dice como si dudara, pero los padres se abrazan igualmente. Gabriela sigue tumbada en la camilla, atenta al único sonido que se oye en la consulta, rítmico y veloz, como de galope tendido. Es el corazón del bebé y, por un momento, se permite imaginarlo en su regazo, nutriéndose de su pecho. De repente, junto con el latido de la niña –es una niña–, vuelve a oír el aleteo que ha estado oyendo durante toda la semana, como el de un pájaro que intenta echarse a volar. Todos se miran alarmados y el abrazo de los progenitores se deshace con lentitud.
La doctora corta papel de un rollo para que Gabriela se limpie el gel de la barriga. No hay que alarmarse pero a la niña le han crecido alas. Por lo demás todo va bien. El ojo derecho de la madre no muestra alivio. No contaban con las alas. Hay que encomendarse a Dios y confiar en que se mantenga dentro del útero hasta al menos los siete meses. Pobre. La ginecóloga reprende a Gabriela: tiene que dejar de pensar en quedársela, es este pensamiento el que ha provocado la alteración. Ahora la niña sabe. Está donde no debería. ¡Con lo bien que lo había estado haciendo! Ella responde que ni siquiera se le ha pasado por la cabeza y se ruboriza; las alas demuestran que miente.
Cuando salen de la consulta es hora de cenar. Quieren llevarla a un buen restaurante, al que suelen ir siempre que visitan a la ginecóloga. Pero hoy Gabriela no puede, ha dejado a su hijo de diez años solo en casa. Lo entienden. Son gente comprensiva. Y vuelven a darle las gracias. Pero deja de imaginar lo imposible, mujer, que estresas al bebé y a ti misma. Antes de despedirse le dan dinero, para que se lo gaste en la nena. Y come fruta, que tiene muchas vitaminas. Ella querría decirles que no le gusta la fruta, aunque lo hará por su niña. La despedida es larga porque no quieren separarse de la bebita. Gabriela mira a la mujer directamente al ojo, pero no puede interpretar lo que piensa. Para hacerlo necesitaría acceso a los dos.
Por fin se marcha. De camino a casa pasa por el parque, y ve a unos padres rezagados portando cochecitos de bebé. ¡Qué suerte no tener útero! A los hombres no se les pide que vendan a sus hijos, o que los regalen. Pero no es tu hija a quien llevas dentro, de nuevo esta ridícula idea. Vuelve el aleteo y se sienta un momento en el banco más próximo. Observa el dinero. Le comprará algo bueno de comer a Jaime. No debería, porque el dinero es para la bebé, pero a ella no le importará que hoy su hermano cene algo sano. Su no hermano.
Cuando Gabriela llega a casa, Jaime la saluda contento y le acaricia la barriga y le pregunta cómo está la hermanita. La madre lo mira enfadada; no debe referirse a ella así, se lo tiene dicho.
Después de cenar y recoger los platos, Gabriela le da a su hijo un beso de buenas noches y se van a la cama. Tendida boca arriba piensa que le habría gustado quedarse con la ecografía, pero se la llevaron los padres de la niña. Es natural. También piensa en el nombre del bebé, que todavía no se sabe. El marido sugirió que debía elegirlo ella, en agradecimiento por llevar a su hija en su vientre, pero su esposa se empeñó en nombrarla ella misma. Lo entiende, pero no puede evitar llorar, en silencio, para que su hijo no la oiga en el cuarto de al lado. Y vuelve la idea de robarles la bebita a sus padres. A Jaime también le gustaría quedarse con ella, seguro. Esta vez no se esfuerza por alejar la tentación, y su mente desenfrenada ya no puede pensar en otra cosa, y se imagina a sí misma volviendo a su país con la niña. Intenta dormir, pero el ruido que proviene de su vientre la devuelve a la realidad, el aleteo se oye de nuevo, más fuerte y más nítido en el silencio de las doce de la madrugada, y su memoria repasa las palabras de la ginecóloga: «es este pensamiento el que ha provocado la alteración». La nena sabe. La nena está donde no debería. Y respira profundamente, con la esperanza de que cese el aleteo y la niña continúe en su vientre.
Pero no cesa, y su abdomen se vuelve una carga lacerante. Enciende la luz y contempla la barriga desnuda, donde oscilan relieves suaves e irregulares. No son las pataditas redondas de un bebé, son pequeños surcos convexos que surgen y se hunden en su vientre, como un abanico que se despliega y vuelve a plegarse, progresivamente. Y reza para que no suceda, para que la niña que no es suya no salga volando. Espera un poco, espera. Pero entonces siente un fluido que baja por sus piernas. Se incorpora y palpa el líquido semi transparente, como de clara de huevo, viscoso y exiguo. El aleteo persiste. La niña sabe. Pobrecita. Las alas. Ella lo ha provocado, con ese pensamiento de apropiarse de lo que no es suyo. El dolor es ahora más fuerte y acepta que no podrá retenerla mucho más tiempo. Y grita.

| AUTOR | Varios |
|---|---|
| FECHA | Junio 2020 |
| GÉNERO LITERARIO | Relatos cortos |
| ISBN | 979-8650321408 |
| PAGINAS | 664 |
<<Adiós, cigüeña, adiós>> es un relato corto incluido en la antología Un lugar contra el frío, decimoséptimo libro de los alumnos de Escritura Creativa de Escuela de Escritores. En esta edición participaron 300 alumnos de España, México, Suiza, Colombia, Argentina, Uruguay, Alemania, Estados Unidos o Perú que trabajaron estos textos (300 relatos y poemas) a lo largo del Curso 19-20. Escritos de todo tipo bajo un paraguas común: la certeza de que, impreso, algo no se ha perdido y conforma la memoria del mundo.
